También podría titularlo "Desventuras en el mundo de las redes (anti)sociales". Y se me antoja que no es casual que haya elegido este tema para volver - una vez más - a piel de gallina. En su primer año de vida, allá por el 2005, este pobre blog aguantó mis quejas sobre viajar en la 319 una y otra vez, claro que hace 20 años yo todavía tenía cuotas de humor para agregarle al texto. Hoy es pura desazón.
sábado, 1 de agosto de 2026
Peras al olmo
martes, 22 de abril de 2025
Ahora es ahora
Este fin de semana volví a mirar la película Perfect days, de Wim Wenders y -además de una sensación de paz tremenda - me dejó pensando. El protagonista es un hombre de mediana edad (¿50 y pico?) que lleva una vida de lo más sencilla; rutinaria, sí, pero son rutinas adoptadas voluntariamente. Lo vive sin presiones ni angustias, a simple vista al menos. Se despierta sin alarmas odiosas, con el sonido de la vecina que barre la calle cada mañana. Se levanta, tranquilo, acomoda su cama, se cepilla los dientes, se viste, agarra sus cosas y se va a trabajar, limpiando los modernos baños públicos en el distrito Shibuya en Tokio. Al mediodía se toma un recreo y se come un sandwich en la plaza. Observa los árboles, las sombras, la gente que lo rodea, saca fotos de rollo. Una vez que cumple con la labor, vuelve a su casa, se cambia de ropa, deja el vehículo y sale en bicicleta, y se va a cenar a la estación del metro; vuelve, riega sus plantitas (que son un misterio para mí, solo reconozco unas hojas de ginkgo biloba). Lee un libro a la luz del velador y se duerme. Al día siguiente, repite su rutina, con gusto y placer. Abre la puerta del frente y le sonríe al nuevo día.
En su departamento tiene muy pocas posesiones materiales, incluso ni siquiera parece tener un baño propio - va a ducharse a un local de baños públicos - pero tiene algo clave que creo todos ansiamos, yo en especial: paz mental. Esa tranquilidad propia del que encara su día con calma, sin ansiedad y disfruta el momento, la actividad que lo ocupa. Trabaja con diligencia, nota esos pequeños detalles que transforman lo ordinario en excepcional. Al levantarse, pliega prolijamente su colchón y duvet. Su biblioteca y colección de cassettes es envidiable. Nada fuera de lugar. Bebe el vaso de agua fresca que le ofrecen cada día - "por su arduo trabajo" - en el local de comidas del metro con un placer sin igual. Busca esos segundos donde el resplandor del sol hace juegos de luces con el follaje de los árboles y dispara una foto. No treinta y cinco, con la idea de haber cazado la toma perfecta. No. Solo saca una foto por día y espera a terminar el rollo cada semana para ir a revelarlo y comprobar si entre las copias de las fotos capturó lo que buscaba. Cuando se sube a su auto, rumbo al trabajo, pone un cassette y escucha la canción con atención. No sé si entiende la letra en inglés pero se nota que le gusta lo que escucha.
En cada escena de la película este hombre bueno y de pocas palabras me genera una especie de envidia y nostalgia de tiempos más calmos, más... vacíos de cosas. ¿No tienen ustedes también la sensación de que ahora hay demasiadas cosas que nos asaltan a diario, que se transforman en listas interminables de cosas para ver, leer, mirar, seguir, publicar, responder, hacer, buscar?
Ayer de golpe me di cuenta que ya transcurrió un mes de otoño. Es mi época favorita, la espero ansiosamente cada año. La añoro cuando estamos en verano sufriendo los 38° y los aires acondicionados. En esos días me rodeo de cosas que me recuerdan al otoño y lo sueño despierta. Ahora, estoy en otoño. Lo veo a diario. Desde mi ventana tengo una vista privilegiada, de fresnos con hojas de un amarillo intenso. Cada mañana abro la persiana y dejo que el paisaje dorado me llene los ojos lentamente. Respiro profundo y me repito: "esto es perfecto". Vivo los otros 10 meses para tener estos 2 de premio. No solo por el show visual sino por las temperaturas amables de esta época.
Día por medio tengo que soportar al comando paramunicipal de viejas amargas (el CO.PA.VI.A) que consideran que las hojas secas son basura y las barren furiosamente, aun de las veredas que no son propias. Se trasladan metros y barren, barren, barren; apilan hojas en montañitas en el asfalto y yo me río porque mientras ellas barren, el viento les hace caer más hojas sobre sus cabezas. No les digo nada, pero me enfurecen. Sé que este espectáculo - la belleza de las hojas otoñales y la ridiculez de las viejas barredoras - dura poco. En escasos días el viento habrá dejado desnudos a los árboles de toda la ciudad y ya no podré caminar sobre las hojas que hacen crunch crunch. Por eso, les saco fotos como si se me fuera la vida en ello. Saco fotos caminando por la calle y desde mi ventana. Saco, saco. Guardo. Videos también, de las hojitas en caída libre, con los pajaritos cantando de fondo. Ahí es cuando me pregunto: ¿estoy disfrutando realmente este otoño tan deseado? ¿o solo le saco fotos? Me dio miedo la noción de que ya no soy capaz de disfrutar de las cosas sin pensar en sacarle fotos o compartirlas en alguna red social.
¿Cómo era la vida antes de Instagram? ¿Cómo era disfrutar algo en forma personal, en el segundo que está sucediendo, sin la urgencia de capturarlo con una foto o video, o peor aún empezar a redactar un post mentalmente? Si no lo muestro para que otros también lo aprecien ¿no está sucediendo? ¿No alcanza ya con que lo disfrute yo misma? La mayoría de las veces que comparto algo que me gusta nadie da mucha bola... ¿eso condiciona mi disfrute del momento o la vista? ¿Ya no lo disfruté tanto si los otros no le pusieron un like al paso? Podría seguir preguntándome cosas por el estilo.
No quiero que sea así. Quiero recordar cómo era la experiencia sin redes sociales, sin ese acto reflejo de compartir una foto de lo que estoy haciendo. Necesito que mi mente re-aprenda a disfrutar de las cosas simples de la vida, como hace Hirayama en la película. Quiero tener todos mis sentidos puestos en cada momento y que sea significativo para mí.
Desde ya les recomiendo que vean la película si aún no lo hicieron. Es una joyita visual y sonora.
Las capturas de la película las tomé de aquí. La foto del fresno es mía.
miércoles, 9 de abril de 2025
Reflexiones intermedias (y trasnochadas)
Es probable que este post sea el post más piel de gallina en años...
Tiempo atrás guardé en una nota en mi celular la siguiente observación (muy sesuda, se imaginarán).
'Madrugada. Merienda. Sobremesa. En inglés no existen los intermedios'
Disculpando mi exagerada generalización, pensemos en esas tres palabras en Inglés.
Madrugada. De la noche pasan a la mañana. No hay un equivalente para llamar a esa porción de la noche entre las 12am y la hora en que amanece, cuando ya oficialmente puede considerarse mañana.
Merienda. Del almuerzo pasan a la cena; no solo no hay palabra sino comida en sí, puesto que en los países angloparlantes se cena bastante más temprano que en los países de lenguas latinas. Sí, existe el paquete afternoon tea pero es un evento especial, que se reserva u organiza, como forma de socialización. Y si uno toma café o cualquier otra bebida caliente ya no es técnicamente un afternoon tea. Me refiero al común de la gente, no a las costumbres del Palacio de Buckingham, desde ya.
Y este creo que es el más raro para los angloparlantes* porque la sobremesa es aparentemente una costumbre heredada de italianos y españoles. O solo de italianos. La idea de extender el almuerzo o cena unas horas más - sobre todo en reuniones familiares pero no exclusivamente - , agregarle charla, relajada o exaltada, infusiones y cosas dulces, bebidas espirituosas, algún juego familiar si se tiene el hábito (y la gente). Tal vez practican algo similar a lo que llamamos sobremesa en ocasiones muy especiales, Navidad, cumpleaños, día de la madre/padre... pero no tienen una palabra para denominarla.
Recuerdo que el día que llegué de visita a la casa de mi amigo en Inglaterra, cenamos con sus hijos adolescentes (a las 6pm, cuando yo habría estado merendando) y ni bien cada uno terminó su plato de comida, taza taza, cada uno para su habitación a hacer lo suyo. El mismo me contó que durante los años en que vivió en Argentina - con una familia política de ascendencia italiana - la idea de la sobremesa le resultaba extraña.
Merendemos de madrugada y hagamos sobremesa. ¿Se les ocurre algún otro 'entremedio' que no existe en Inglés?
No sé, estoy delirando un poco. Me resulta apasionante todo. Los idiomas, las diferencias culturales, la historia.
* Recientemente aprendí que no es correcto llamarlos 'anglosajones'. Nosotros acá usamos la palabra anglosajón como sinónimo de 'gente de habla inglesa' pero en realidad los Anglo-Saxons fueron uno de los tantos pueblos que dominaron las islas británicas, hace miles de años y nadie hoy en día se considera anglo-saxon. Por ende, eso. Angloparlantes.





