Todo empezó con esta foto, que hace años tengo pegada en la pared de mi habitación. La saqué en agosto del 2012, en el baño del restaurante Cucina Paradiso de Donato de Santis, en Palermo. ¿Existirá aún? (Update: aún existe la cadena de restaurantes pero ese local en particular ya no existe como era: chiquito, al estilo fonda italiana, abigarrado. Encantador).
Ese agosto "viví" en Buenos Aires, explorando barrios, caminando, observando, encontrándome con amigas blogueras, nuevas y conocidas, visitando lugares, museos, decenas de cafés, galerías, muestras, ciudades cercanas, comprando muchos cuadernos y por sobre todas las cosas, sacando fotos. Cientos de fotos. Reconozco la inspiración en muchas de ellas: el ojo de Vero Mariani y sus fotos para Alma Singer me enseñaron a ver distinto, a reparar en otros detalles, desde perspectivas nuevas.
Las repaso, con intenso cariño, y también con una nostalgia atroz. No solo porque yo era 14 años más joven sino porque en esa época yo estaba en mi prime time fotográfico. Sacaba montones de buenas fotos, armaba lindas composiciones, encontraba motivos originales, vistosos, me animaba a fotografiar gente al paso, situaciones callejeras. ¿Qué pasó con esa Victoria aventurera y avispada?
Mi teoría es que la perdí por el camino, por culpa de Instagram y los smartphones.
Lo admito con una buena dosis de pena, ¿eh?, me lamento por ello y simultáneamente considero la posibilidad de recuperarla (parezco cierto fallecido futbolista, refiriéndome a mí misma en tercera persona pero no es pour la galerie: siento que no me reconozco en la Victoria de 32 años y la quiero reencontrar. En algún recoveco está).
Vuelvo a mi teoría y elaboro una hipótesis.
La maldita aparición de las redes sociales, Instagram en particular, me condicionó la forma en que tomo fotografías. Abrí mi cuenta en enero del 2012, cuando solo estaba disponible para iOs en dispositivos de Apple. Yo tenía un flamante iPod touch cuya cámara creo no superaba los 4mpx. Para que se den una idea de lo prehistórico que era todo. Instagram era un reducto para unos pocos locos, adeptos a las fotos "instantáneas", sacadas al paso, apenas mejoradas con filtros. No hace falta que les cuente el cambio radical que sufrió con el paso de los años. Y ni quiero, porque me enfurece bastante.
A medida que Instagram fue cobrando protagonismo, de la mano de los celulares con buenas cámaras, el estilo de las fotos se fue homogeneizando. Todos, sin darnos cuenta, empezamos a sacar las mismas fotos. A copiar patrones. Nos hicieron creer que esa era la única forma de que te prestaran atención. La tiranía de la cantidad de likes y seguidores empezó a ser más importante que la originialidad de la composición. Después llegaron las stories, los reels, la moda de los frenético, fugaz y breve contagiada del espanto que es TikTok y para ese momento, los que preferimos una foto cada tanto, quedamos sepultados debajo de un terraplén de "contenido creado" para vendernos algo.
Ahora muchos se están dando cuenta de que se hartaron de eso y quieren volver a lo que era Instagram tiempo atrás, que incluso ni siquiera es lo que fue Instagram en sus verdaderos inicios porque no lo conocieron.
La (¿mala?) costumbre de sacar fotos para compartir en una red social condicionó también qué incluyo en las fotos que saco aunque no las comparta en ningún lado. Cada vez que levanto la persiana y admiro el paisaje, especialmente en otoño que es ¡ay, precioso!, me freno: "uh, pero se ve donde vivo" (¿a quién le interesa? ni que fueras famosa, salame). Aunque quede archivada en mi galería, me autofiltro automáticamente. Eso antes no me pasaba. Las fotos eran mías, para mí. No tenía que cuidar si se veía esto o aquello.
Días atrás estuve revisando fotos más viejas de principios de siglo - digitales y en papel - y noté algo que me sorprendió: cuanto más difícil era el acceso a la fotografía, yo sacaba más fotos . En más fotos aparecía. A medida que los celulares con cámara fueron robando protagonismo, la cantidad de mis fotos empezó a reducirse. ¿Como puede ser esta ley inversamente proporcional? ¿A mayor facilidad, menor cantidad de fotos? No tiene explicación lógica.
Hablo de mí, no en general. No sé bien qué pasó pero, cuando no existían los smartphones ni las cámaras frontales y la selfie no era un lugar común, me sacaba montones de fotos. ¿Será que me veía atractiva y ya no? En esa búsqueda no encontré solo autorretratos, nunca tan narcisista. Simplemente sacaba muchas fotos, de todo, afuera, adentro, de detalles, de paisajes.
De a un tiempo a esta parte no tengo fotos de experiencias propias. Directamente, no aparezco en fotos. He acumulado cientos y cientos de fotos cenitales de tazas de cafés y de libros, pero no tengo fotos de cosas vividas, de gente vista. Me apenó mucho.
Todavía estoy elaborando la hipótesis que explique por qué saco menos fotos. Y otro de los factores que empezó a joder es la vista. No porque tenga presbicia típica de la edad, no aún al menos. Yo uso anteojos para miopía desde los 16 años, y al cruzar la barrera de los 40 se me empezó a complicar ver de cerca con los anteojos de ver de lejos. Me han querido explicar cómo es el fenómeno que sucede en mis ojos pero no logro entenderlo. Como no puedo enfocar de cerca, me los tengo que sacar para usar el celular, para leer, comer, etc. Por lo cual, sacar fotos con cámaras digitales de cualquier índole se me ha vuelto muy incómodo porque cuando ando sacando fotos por la calle, necesito los anteojos puestos para ver y encuadrar, pero me los tengo que sacar para manejar los controles, disparar y revisar la foto en la pantalla.
(Yo misma me aburrí soberanamente de explicarles esa situación así que me disculpo).
Permítaseme un poco de historia. Compré mi primera cámara fotográfica, una Canon EOS 500 de rollo, en 1999, con una beca que me gané en la escuela secundaria. Ese mismo año hice mi primer curso de fotografía, donde aprendí la teoría básica, y por primera vez escuché hablar de aperturas de diafragma, velocidades de obturación, profundidad de campo y demás nociones técnicas que me sonaban más a aritmética que a arte visual (resultó que la fotografía no es otra cosa que una ecuación matemática: luz + tiempo), y durante semanas me fritaron las neuronas al extremo de la confusión. Hicimos montones de prácticas para aplicar los conceptos pero pasaron unos cuantos años hasta que me cayó la ficha, el conocimiento hizo click - excuse the pun - y empecé a entenderlo sin forzar el razonamiento ni usar tablita de machete. Después vino otro curso de técnica, para reforzar. Y luego un tercer curso, más apuntado a la composición, no tanto a la técnica. En 2006 tuve mi primera cámara digital Kodak, luego la cambié por una Canon (que aún conservo y ya decidí no venderé por nada en el mundo, aprendí la lección). Más adelante, hice un mínimo upgrade y compré una Canon compacta "bridge", con muchas prestaciones cercanas a las de una reflex. Con esa saqué la foto que abre este post y todas las fotos de ese mes en Buenos Aires, más las miles de fotos que tomé en Londres y Paris en 2015. En ese momento yo sentía que era una tremenda cámara.
El año pasado cometí el error de creer que ya no lo necesitaba, porque era un bodoque pesado y aparatoso. Como no era práctica de llevar conmigo a todas partes (como un celular), no la usaba hacía rato. Y la vendí. Algo de lo que me arrepiento todos los días. La reemplacé por un modelo Canon "hermano menor", más chica y liviana, con idénticas herramientas, salvo que no tiene visor ni zoom de 24x. Será que aún no he tenido la oportunidad de viajar y sacar fotos lindas en lugares nuevos, y lo que me rodea no me motiva pero, por ahora, no siento que hice una buena inversión. El tiempo dirá.
Recientemente, para mi cumpleaños, me autorregalé una camarita de estas retro que salieron ahora. Son prácticamente de juguete, ultra livianas y con básicas prestaciones. Se cargan vía USB. No traen pantalla sino visor. Son como una vieja point & shoot de rollo pero digitales, e incluyen algunos filtros para sacar fotos en b&n, sepia, colores vívidos, retro y algunos más. Las fotos se guardan en una tarjeta de memoria y después se pueden transferir/ver con una computadora o celular. Mi intención era tener una cámara con visor a la antigua, para no depender de lo que veo (o no veo) en una pantallita lcd. Yo esperaba que, sin quitarme los anteojos, iba a ver cómodamente por el visor, pero no. Primer chasco. Los anteojos igualmente me sobran para mirar por esa ventanita pero como no tengo que setear nada, solo encuadrar la imagen, me las arreglo, aun viendo borroso. Y me gusta la experiencia retro.
Otro detalle que me tenía hartísima de sacar fotos con celulares es depender de una pantalla táctil. Y en el caso de mi celular Samsung humilde, una que no es confiable. De cinco fotos que disparo, siempre hay tres que no salen. El teléfono hace click, la pantalla me simula que saqué la foto pero luego al buscar la foto me entero que... no está en la galería. Me sucede desde que lo compré. Me aparece una notificación que dice "Mejorando la imagen..." pero esa foto luego se esfuma. Y si mi teléfono las está guardando en algún lugar secreto, yo no estoy enterada. Me cansé de investigar sin éxito. Por lo cual decidí que prefiero sacar fotos con una cámara que tenga un botón obturador real. Apretable, si se me permite el neologismo.
Como si toda esta perorata no fuera ya suficiente, estuve leyendo un poco de "On photography", de Susan Sontag y a pesar de tener más de 50 años, el ensayo sigue estando vigente porque el arte fotográfico es uno solo, y no se define por tecnología ni pixels sino por talento absolutamente humano. Las mejores fotos de la historia se sacaron en el siglo XX con cámaras que hoy son piezas de museo.
Internet nos quiere convencer de que todo tiene que ser fugaz, breve, histérico, que hay que compartir no ya una sino VEINTE fotos por publicación, y cada fotograma dividido en dos. Porque una sola foto hoy no es digna de ser compartida. Y a mí esas normas arbitrarias me tienen sin cuidado.
No sé bien a dónde quiero llegar con este post, para serles honesta. Puede que solo sea una suma de reflexiones erráticas de una "vieja" de 46 años, que pasa muchas horas del día pensando y recordando mejores épocas Otros tiempos en los cuales aún tenía un ojo inquieto. Como si estuviera descubriendo el mundo por primera vez, pero a través de las fotos. Fue un lenguaje nuevo que me permitió experimentar la realidad desde otro lado.
Extraño. Mucho. Sacar fotos. Y no solo sacarlas. Extraño APRECIAR buenas fotografías, dedicarles tiempo, atención, descubrir por qué son buenas. Aprender de ellas.
Necesito reencontrarme con esa Victoria. Volver a los 32.
No me doy por vencida. En algún lado está, esperándome.


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