domingo, 1 de noviembre de 2009

Literalmente

Acá en Punta Alta hay una sola librería (de libros) que a su vez ni siquiera es local, sino que es una sucursal de una librería bahiense.

Los empleados son puntaltenses.

Creo que jamás de los jamases pude comprar un mísero libro ahí. Los precios que manejan rayan lo sideral, como si uno acá usara euros todos los días. Así y todo, cada tanto entro a chusmear por las islas de libros, a ver qué hay de nuevo (o viejo). Y como nunca compro y siempre pregunto, tengo la sensación de que la mina que atiende (un cacho de mujer de 2 metros de alto, deportista) me ve entrar y ya me debe putear, por hacerla averiguar precios -y refunfuñar- de libros que nunca voy a comprar.

Pero después lo pienso mejor y sospecho que la tipa no sólo no me tiene en su lista de próximas víctimas fatales sino que NI ME DEBE REGISTRAR.

No acusa recibo. Nada. Ni siquiera le molesto. Me debe anular de su registro mental de clientes, como a tantos otros.

Así de patética y triste es la situación.
Ni siquiera consigo que la empleada de la quichiúnica librería de mi ciudad me deteste por preguntar precios y no comprar.

Así es, señora.

3 comentarios:

  1. pero, querida...tanto por tanpoco?

    Venite a vivir a Capital y vas a ver cuanta gente te ignora de verdad....

    =)

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  2. bueno, Andy...vos dame un par de añitos y yo me mudo a baires y nos vamos de roteishon, para que la gente nos ignore con buenos motivos.
    te parece?

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  3. Eso es la llamada Fuerza de la Costumbre.
    Y te diré más: si un día te dirijes a la dependienta-sport y le pides que te envuelva el libro elegido le puedes crear un shock traumático.
    Por lo tanto no lo hagas.

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